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Macedonio, el abuelo
Bertha de la Torre de la Piedra
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Me han dado un encargo: buscar un pintor peruano e introducirlo en un pliego de papel. Siento que se me acelera el corazón y mi mirada no va lejos; la muy traviesa se detiene frente a mi, en el otro borde de la mesa donde está sentado ante una sopa humeante e indescriptible, mi abuelo Macedonio.

Indescriptible sopa, pues, se me antoja un magro brujo ante un menjurje de migas de pan, dulce de ciruelas y huevo batido; todo en el plato de líquido casero y oloroso. Sentado, con unas manos largas y nerviosas de mago y niño tremendo, con su risita de zorro y sus ojos visionarios escondidos tras unas gafas extrañas que se probó un día y eran de cualquiera. Tiene miguitas en el saco y unas manos transmisoras de mensajes muy lejanos, transmisoras eficientes aun antes de eso de “Vía Satélite”.

Sí. Las manos del abuelo transmiten algo en desuso, ahora, en la era del gogó y de la rebelión de la juventud, abuelo es muy viejo aunque es vanidoso con su edad, pero parece que hace miles de años sus manos transmiten mensajes desde una estrella lejana, estrella que parpadea siempre fiel, estrella que me contempla más nítidamente las noches de verano en la playa solitaria donde vivimos.

Las manos del abuelo transmiten mensajes de belleza, aunque también de dolor, cuando este dolor tiene hondura. No creo que transmitan dolores feos. Abuelo está con nosotros pero vive en otro mundo, a veces.

Tiene el don de encerrar un rayo de luz en una tela, puede atrapar una mariposa y encerrarla en colores sin que se sienta presa, también coge trazos de música y gritos de obreros en una fábrica.

Pero es un niño: nosotros, sus nietos, a veces somos más maduros que él; cuando mi hermano pequeño le explica el funcionamiento del motor de su “chachi-Kart” él sólo está pensando en su rojo brillante.

Sus bolsillos son la falquitrera del diablo: florecillas secas que están retorcidas en forma de pajaritos, piedras de colores, raíces que de pronto tienen voz.

Sí. Sus manos largas y huesosas transmiten mensajes. Ningunas como ellas nos hacen sentir el palpitar nocturno de las selvas, el silencioso quejido de las ruinas antiguas, la soledad salobre de las costas… ¡si se siente deslizar entre los dedos la arena cálida de los puertos desolados!

Esos son sus paisajes. Pero a veces coge trozos de huesos muertos y champas de barro y hace seres de los que brotan gemidos y hablan lenguas ...
 
Macedonio de la Torre ©. Web Oficial, basada en la obra publicada por Luis Enrique Tord. Fotografías: Luis Enrique Tord y Daniel Gionnani