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Felipe Cossío del Pomar
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Un artista trujillano en París
Felipe Cossío del Pomar
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Cuando hace algunos años conocí en Trujillo del Perú a Macedonio de la Torre, vi chispear en sus ojos negros los dos puntitos brillantes que pone la quemante actividad del cerebro en la mirada de los elegidos.

Ya en mis andanzas por el mundo he encontrado a varios muchachos salidos de esta ciudad, tan apática de ansiedades. Por explicables caprichos etnológicos, salen de esta tierra donde la tradición dice se halla enterrada una gloriosa canilla de don Alonso Quijano, que recorrió este mundo de injusticias bajo el nombre de Don Quijote de la Mancha, de esta ciudad dormida de inquietudes, los descendientes de los rudos conquistadores vibrantes de ensueño, anhelantes de demostrar al mundo la ejemplaridad de su juventud, rompiendo lanzas por el ideal. Así he visto a Haya de la Torre, a Carlos Valderrama, César Vallejo, Alvaro Bracamonte y ahora a este prodigioso artista del color que firma modestamente sus cuadros con un nombre de griegas reminiscencias: Macedonio.

Por entonces dudé de ver realizada la ambición del joven trujillano: de verse convertido en gran pintor. Mientras me contaba sus esperanzas, acompañados por José Eulogio Garrido, el impulsor de las actividades intelectuales de la ciudad, caminábamos por las calles derechas que se pierden en la campiña verdejeante bajo el sol del medio día.

Atravesamos la plaza desolada y anacrónica, transformada en parque inglés por un filantrópico plantador de caña, nos metimos por las calles, rutilantes de luz, hablando de arte en la quietud de la ciudad adormecida de calor, pasamos sin cirar (sic) los patios moriscos, rozamos las grandes ventanas donde se retuercen los acantos de fierro que un vulcano anónimo y artista, forjó para defender al través de los siglos las arcas del señor o la honra languidescente de la romántica señora. Entramos en la Universidad conventual. La República no ha tenido fuerzas ni tiempo para levantar templos a los nuevos ideales. Las teorías de Diderot y D’Alambert tienen resonancias de liturgias en las bóvedas claustrales. Como un símbolo, un indio palúdico tirita en la puerta bajo el poncho raído. Seguimos hacia la Ranchería. Bajo el sol purificador un burro estremece la flor roja de su matadura; las gallinas picotean en el fango humeante mientras un zambo injurioso patea a su hembra barriguda y llorosa…

Es la vida colonial que palpita mestiza y perezosa al son de las viejas ...
 
Macedonio de la Torre ©. Web Oficial, basada en la obra publicada por Luis Enrique Tord. Fotografías: Luis Enrique Tord y Daniel Gionnani