75 años de pintor

Artículo por: Edgardo Pérez Luna

El Pop Art” (objetos comunes en desuso ordena dos estéticamente) y la pintura acción (pinceladas automáticas sin modulación cromática previa) son peruanos, afirmó enfáticamente el conocido pintor peruano Macedonio de la Torre. “Yo los creé 50 años antes que la Escuela de Nueva York. Pero aquí no se reconoce a los verdaderos valores”. Tan tajante y comprometedora revelación fue formulada por el veterano pintor trujillano, con ocasión de haber cumplido al presente sus bodas de diamante profesionales.


Efectivamente, cuando Vinatea Reinoso tenía apenas cuatro años de edad, Macedonio plasmaba en su primera tela el milagro de la luz. Han pasado 75 años y aquel joven, apenas un púber, está ahora convertido en un venerable anciano, quien, invariablemente todos los días en un desordenado pero grato taller del jirón Puno se entrega por espacio de varias horas a transfigurar su espíritu en admirables imágenes cromáticas.


Este provecto artista ha pintado miles de lienzos; ha compuesto miles de objetivaciones, especialmente con huesos y piedras pequeñas y con los más inverosímiles materiales. Ha pintado de todo y con todo. Y ha ensayado diversas tendencias y orientaciones estéticas. Como un moderno Midas del arte ha transformado todo lo que ha tocado en el oro fulgente de la belleza.


Pero ¿quién es en definitiva este pintor de luengos años, cuál es el significado profundo de su obra y cuál es su enseñanza y su legado?


Casi siempre para encontrar a un artista hay que buscar primero al hombre. Y Macedonio antes que artista ha sido siempre un hombre comprometido con una ética antes que con una estética, comprometido con su tiempo antes que con la moda, comprometido con todo lo que a un hombre de verdad apasiona y convoca. Ha sobrevivido al post-impresionismo, al picassianismo, al indigenismo, a la Escuela de París, al surrealismo, al abstraccionismo y a los variopintos istmos de la vanguardia contemporánea, porque siempre su pintura ha sido un imperativo y un mandato de su instinto estético y no un ejercicio de las recetas a la moda. Y esta actitud y este compromiso son la clave para comprender su fecunda obra.


Macedonio de la Torre vive como todos los hombres que han descubierto que el mundo concreto es un pretexto para desencadenar la belleza del espíritu. Son signos característicos de su peripecia humana el descuido en el vestir, su mala memoria, su olímpico desprecio por el dinero, su pausado regusto por las cosas triviales en las que él descubre insospechados significados. Ama la tradición sin permanecer al margen de todo lo renovador. Paladea con fruición la buena comida y la buena bebida y afirma que “Lima es una ciudad deshumanizada porque los buenos tiempos ya se han ido”.


Ingresar en el taller de Macedonio de la Torre es acercarse al significado profundo de su obra y a la impronta de su larga y fecunda tarea profesional y humana. Cuatro o cinco libros enormes de miles de hojas, desparramados por doquier, guardan los ajados y amarillentos testimonios de su existencia. Allí los recuerdos se hilvanan en un collar de fotografías y recortes: su nacimiento en Trujillo a fines del siglo pasado; sus estudios en la Universidad de San Marcos; su viaje a la Argentina y su grupo (sic) con Quinquela Martín; sus largas temporadas en Alemania e Italia; sus primeros triunfos artísticos en Bélgica y Francia; su inolvidable presentación en el Salón de Otoño de París; sus exposiciones en Nueva York; su triunfal retorno a la patria, su amistad con Vallejo, Valdelomar y Riva Agüero; su matrimonio, sus hijos, sus nieto.s, todo está allí en esos enormes álbumes que han rescatado su existencia del implacable naufragio del tiempo. Pero si bien esos álbumes guardan al hombre perecedero, al lado de ellos vive la obra artística, lo que el tiempo no avasalla. Decenas de cuadros y objetos de arte salpican a los ojos en su taller ese luminoso universo fruto de una tarea creadora de singular coherencia y honestidad artística.


A los 75 años de labor, Macedonio está “como para volver a comenzar”. Confiesa que “todos los días hay que crear, preguntar, indagar, arriesgar”. Recuerda una anécdota que dice “retrata de cuerpo entero al historiador José de la Riva Agüero”. Refiere que le envió un cuadro al autor de “Paisajes Peruanos” y que éste le retornó una cariñosa carta de agradecimiento diciéndole, entre otras cosas, que un artista no debía desprenderse de sus obras que constituían su trabajo y le adjuntaba un cheque en blanco para que Macedonio pusiera la cantidad.


Macedonio nos relató que el último cuadro que ha pintado es una flor en homenaje a su primo hermano Víctor Raúl Haya de La Torre y que dicha pintura la llevó, días antes del fallecimiento del ilustre político peruano, a Villa Mercedes. “Esa flor que he pintado en homenaje a Haya no se marchitará nunca”, añadió con triste acento el artista.


Al finalizar nos dijo que a los pintores jóvenes el único consejo que les podía dar era que trabajasen muy duro. “Hay que pintar todos los días”, añadió.


Como ayer y como hoy, este artista tiene una meta y un estilo. Rescatar la belleza que las cosas esconden y hacerlo de una manera honesta.



Lima, octubre de 1979